No es posible, pero se puede

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El joven sacerdote norteamericano abrió los ojos, sorprendido. Desde que había llegado de Estados Unidos, desde que estaba en la iglesita de San Isidro Labrador, de Arteaga, no había visto cosa igual. Pero ahí estaba el hombre aquel. Alto; recio pese a no ser un joven ya; de Tez rubicunda curtida por el sol; ojos claros y cabello entrecano asomándole por el sombrero de palma. Traía un enorme machete entre las manos, y le había dicho al padre:

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