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  • The Nerd’s Watch: la mejor transmisión de ciencia ficción y fantasía en marzo

    The Nerd’s Watch: la mejor transmisión de ciencia ficción y fantasía en marzo

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    Los espectadores están recurriendo al entretenimiento en streaming más que nunca gracias a la pandemia global, y la gran cantidad de servicios (Netflix, Hulu, Amazon, Disney + y HBO Max) pueden servir como un escape muy necesario. Al comienzo de cada mes, la mayoría de los streamers mezclan un poco, agregan nuevas películas y eliminan algunas, y io9 está aquí …

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  • Jonna Méndez | Maestra del disfraz de la CIA revela secretos del camuflaje usado por espías de EE.UU. | Mundo | EEUU

    Es fácil suponer que esto de que un espía se disfraza o usa una máscara que le cambia la cara es algo que pasa solo en las películas de Hollywood, y que está muy lejos de cómo operan de verdad los servicios de inteligencia. Sin embargo, durante 25 años, la estadounidense Jonna Méndez se dedicó a eso, a disfrazar a los agentes secretos de Estados Unidos en la vida real. Como directora del Departamento de Disfraces de la CIA, la principal agencia de inteligencia de su país, empleó cámaras miniatura, máscaras, identidades falsas y todo tipo de trucos para obtener información de gobiernos extranjeros y de grupos terroristas.

    Revelan millonario pago secreto tras la muerte de Neil Armstrong

    ► Los mercados, el G-20 y la FED, por Oscar Corpancho

    ► Hallan herido en su celda a millonario Epstein, acusado de abusos sexuales a menores

    Ha escrito tres libros sobre sus misiones como espía junto a su esposo, Antonio Méndez, quien también trabajó para la CIA. Ahora, acaba de publicar ‘Las reglas de Moscú’. Allí relata sus experiencias mientras ambos trabajaban como espías en la antigua Unión Soviética.

    En esta entrevista con Moisés Naím, Méndez narra cómo arriesgó su vida para llevar a cabo exitosas misiones en la CIA gracias a sus técnicas de camuflaje, sus ingeniosas tácticas de evasión y sus disfraces.

    ¿Cómo se prepara uno para ser jefe de disfraces de una agencia de espionaje?

    Cuando me convertí en directora del Departamento de Disfraces ya había estado trabajando en la CIA durante muchos años y nunca pensé que terminaría allí. Nos comparaban con la División Q de James Bond y nos gustaba, pues hacíamos el mismo trabajo que ellos y quizás un poco más. Si un agente necesitaba intervenir algún objeto, o colocar una pequeña cámara dentro de una pluma Montblanc para fotografiar documentos, podíamos lograrlo. Los disfraces eran parte de ese apoyo técnico que ofrecíamos.

    ¿Cómo se disfraza a un espía? Denos ejemplos…

    El disfraz más básico incluía un bigote, gafas y una peluca. Esto siempre era un problema porque la mayoría de los oficiales eran hombres y no les gustaba usar peluca. Pero a medida que los materiales se hicieron más cómodos y las operaciones más peligrosas, se mostraban más abiertos a ponerse disfraces, pues proveían una especie de protección. Podían impedir que les dispararan.

    ¿Cuál de los elementos de un disfraz era el que usaban más seguido?

    Bueno, a los hombres no les gustaba el bigote. Muchos temían que se cayera en la sopa, lo cual era muy irritante. Ante ese temor y el rechazo de algunos por usar pelucas, uno se preguntaba, ¿cómo puedo hacer una carrera en esto si ellos no quieren disfrazarse? Entonces, lo que solíamos hacer era llevarlos a nuestros laboratorios para disfrazarlos y darles ajustes finales, y los enviábamos a nuestra cafetería.

    Era un gran salón donde almorzaban todos los miembros de la agencia. Su jefe, el jefe de su jefe y sus compañeros de oficina, todos estaban allí. Así descubrían que nadie se daba cuenta de que eran ellos. Podían sentarse justo al lado de una mesa llena de personas de su oficina y nadie los descubría. Luego regresaban eufóricos diciendo: “Oh Dios, así es el poder de esconderse a plena vista”.

    Antes de trabajar en el área de disfraces, hacía otras cosas en la CIA. Cuéntenos…

    Comencé como secretaria cuando vivía en el extranjero con mi esposo. Tiempo después regresamos a Washington y él empezó a estudiar en la Universidad George Washington. Es decir, yo trabajaba y él estudiaba. Cuando se graduó, yo ya era secretaria superior de esta oficina de mil personas, pero era muy aburrido.

    ¿Aburrida en la CIA?

    Sí. Podía ver el Castillo de la Institución Smithsonian desde mi oficina, porque quedaba justo atravesando la calle del Departamento de Estado. Un día le dije a mi jefe: ‘Creo que hay trabajo allá, voy a hablar con ellos’, y él dijo: ‘No hagas eso. Yo sé que tú eres una fotógrafa amateur, toma uno de nuestros cursos de fotografía’. Al día siguiente ya estaba en una pista de aterrizaje en algún lugar, subiendo a un avión, con un arnés y una cámara con un lente muy grande. Pasé el día volando en ese avión, tratando de descifrar torres de radar y matrículas de vehículos. Estuve toda la tarde revelando una película en el cuarto oscuro de la agencia con música sonando. Así que dije: ‘OK, me voy a quedar’. Y me quedé muchos años.

    Pasó 27 años siendo espía sin poder decir en qué trabajaba. ¿Cómo manejó eso con sus familiares y amigos?

    Lo que les contaba dependía del lugar en dónde estaba y de lo que creía que ellos ya sabían. Por muchos años tuve una mejor amiga que nunca lo supo, a pesar de que hablábamos a diario. Los vecinos de los lugares donde viví tampoco se enteraron. Les decía que estaba viviendo fuera del país, o que salía de viaje. Cuando estaba en el extranjero decía que trabajaba para el Departamento de Estado. Siempre fue fácil porque por lo general la gente no me presionaba mucho.

    El presidente George Bush padre la invitó a la Casa Blanca para que le explicara cómo disfrazaba espías. ¿Qué pasó en esa reunión?

    Fui a la Casa Blanca con Bill Webster, quien en ese entonces era el director de la CIA. Habíamos inventado una nueva máscara que se adaptaba a las expresiones de la persona. Es decir, podían hablar y reírse con naturalidad. Primero le mostré al presidente unas fotos en las que él salía disfrazado, cuando era el director de la CIA (1976-1977). Las máscaras en esa época solo se veían bien de lejos. Y le dije: ‘Este era el disfraz viejo. Yo llevo puesto el nuevo’. Él se levantó de la silla y dijo: ‘No, no, no’, y me examinó por todos lados. Luego me dijo: ‘OK, quítatela’. Me despegué la máscara y la sostuve en el aire para mostrarle.

    ¿Cuál fue la misión más peligrosa que le encomendaron?

    Cuando estaba visitando una base de operaciones de la CIA en el subcontinente indio, que incluye países como India y Pakistán. El jefe de esa base nos informó que se debía reunir con un terrorista peligroso, quien decía tener información sobre un plan para derribar un avión estadounidense. Pero no podía verlo a solas, así que disfracé a siete agentes y nos fuimos al lugar del encuentro para vigilar a nuestro jefe.

    En un momento levanté la mirada y allí estaba el terrorista, mirándome como si me hubiese descubierto. Iba acompañado de dos hombres armados con rifles de asalto AK-47 y pensé que iban a dispararme. Nunca debí haber hecho contacto visual… el terrorista acabó descubriendo a cinco de nosotros, pero la policía local lo arrestó al día siguiente y todos nos fuimos a casa ilesos.

    Denos otro ejemplo de una situación en la que realmente tuvo miedo…

    En Colombia viví una de las experiencias que más miedo me hizo sentir. Estaba en Bogotá por una asignación temporal. Cada mañana me recogían en el hotel en un carro blindado y dos carros con escoltas llenos de armas. Tenía cinco minutos para salir y subirme al carro o sino me dejaban. En una ocasión, iba caminando por la ciudad y vi la oportunidad de acortar camino entre dos edificios y llegar más rápido.

    No debí hacer eso porque cuando bajé por ese callejón había un grupo de hombres hablando en el medio de la calle. Entonces hice la única cosa que pude haber hecho, caminé entre ellos. Me excusé cuando me choqué con uno y seguí caminando. Ese grupo estaba claramente relacionado con el mundo de las drogas. Y no me preocupó que pensaran que era una agente de la CIA, sino que creyeran que era de la DEA. Si hubiera sido de la DEA, o ellos lo hubieran creído, me habrían disparado.

    Usted estuvo casada con un espía legendario en la CIA, Tony Méndez. ¿Qué lo hizo tan famoso?

    Tony Méndez tenía muchísimas historias de rescates y de ayudar a personas a cruzar fronteras. Tenía aventuras increíbles, que superan la realidad. Juntos escribimos un libro llamado Argo, que cuenta cómo Tony rescató a seis diplomáticos estadounidenses durante la revolución iraní de 1979, pues la embajada de Estados Unidos en Teherán había sido invadida por los iraníes. Lo escribimos casi en defensa propia porque sabíamos que estaban haciendo una película sobre eso y por lo general el cine no concuerda del todo con la realidad.

    ¿Y qué opina de la película?

    Quedamos muy complacidos. Inicialmente, los derechos para hacer la película habían sido comprados por George Clooney. Él quería protagonizar la película, escribirla y dirigirla. Iba a ser suya, pero luego se quedó estancado en otra grabación, y Ben Affleck adoptó el proyecto e hizo una película fabulosa. Estábamos muy contentos.

    ¿Su esposo fue el que organizó esa fuga?

    Tony era quien estaba en el cuartel general y a quien le encomendaron el caso. Le pidieron averiguar cómo sacarlos. Fue muy difícil, pues no había manera de salir por tierra ni por mar. La única salida era a través del aeropuerto comercial.

    Ahora están publicando un libro llamado ‘Las reglas de Moscú’, cuéntenos de qué se trata…

    El libro habla de cómo los agentes de la CIA operábamos en Moscú, la ciudad más peligrosa del mundo durante la Guerra Fría. La vigilancia por parte del Gobierno soviético era sofocante. Incluso dentro de la embajada estadounidense era difícil saber si nos estaban espiando o no. Así que necesitábamos normas por seguir, porque si cometíamos errores, los espías soviéticos nos detectaban y nos mataban. Esa era su regla de Moscú.

    ¿Cree que ahora los rusos son más fuertes como espías de lo que eran?

    Sí. Alrededor del mundo, la tecnología está alterando lo que solía ser el estándar en el campo del espionaje. Ya no podemos usar las mismas técnicas. Presentarse con una nueva cara o un disfraz no es suficiente, pues ahora se usan identificaciones digitales asociadas a un historial de vida. No se puede inventar una nueva identidad en el momento.

  • Los secretos que guarda la maestra del disfraz de la CIA – EEUU y Canadá – Internacional

    Es fácil suponer que esto de que un espía se disfraza o usa una máscara que le cambia la cara es algo que pasa solo en las películas de Hollywood, y que está muy lejos de cómo operan de verdad los servicios de inteligencia. Sin embargo, durante 25 años, la estadounidense Jonna Méndez se dedicó a eso, a disfrazar a los agentes secretos de Estados Unidos en la vida real. Como directora del Departamento de Disfraces de la CIA, la principal agencia de inteligencia de su país, empleó cámaras miniatura, máscaras, identidades falsas y todo tipo de trucos para obtener información de gobiernos extranjeros y de grupos terroristas.

    Ha escrito tres libros sobre sus misiones como espía junto a su esposo, Antonio Méndez, quien también trabajó para la CIA. Ahora, acaba de publicar ‘Las reglas de Moscú’. Allí relata sus experiencias mientras ambos trabajaban como espías en la antigua Unión Soviética.

    En esta entrevista con Moisés Naím, Méndez narra cómo arriesgó su vida para llevar a cabo exitosas misiones en la CIA gracias a sus técnicas de camuflaje, sus ingeniosas tácticas de evasión y sus disfraces.

    ¿Cómo se prepara uno para ser jefe de disfraces de una agencia de espionaje?

    Cuando me convertí en directora del Departamento de Disfraces ya había estado trabajando en la CIA durante muchos años y nunca pensé que terminaría allí. Nos comparaban con la División Q de James Bond y nos gustaba, pues hacíamos el mismo trabajo que ellos y quizás un poco más. Si un agente necesitaba intervenir algún objeto, o colocar una pequeña cámara dentro de una pluma Montblanc para fotografiar documentos, podíamos lograrlo. Los disfraces eran parte de ese apoyo técnico que ofrecíamos.

    ¿Cómo se disfraza a un espía? Denos ejemplos…

    El disfraz más básico incluía un bigote, gafas y una peluca. Esto siempre era un problema porque la mayoría de los oficiales eran hombres y no les gustaba usar peluca. Pero a medida que los materiales se hicieron más cómodos y las operaciones más peligrosas, se mostraban más abiertos a ponerse disfraces, pues proveían una especie de protección. Podían impedir que les dispararan.

    ¿Cuál de los elementos de un disfraz era el que usaban más seguido?

    Bueno, a los hombres no les gustaba el bigote. Muchos temían que se cayera en la sopa, lo cual era muy irritante. Ante ese temor y el rechazo de algunos por usar pelucas, uno se preguntaba, ¿cómo puedo hacer una carrera en esto si ellos no quieren disfrazarse? Entonces, lo que solíamos hacer era llevarlos a nuestros laboratorios para disfrazarlos y darles ajustes finales, y los enviábamos a nuestra cafetería.
    Era un gran salón donde almorzaban todos los miembros de la agencia. Su jefe, el jefe de su jefe y sus compañeros de oficina, todos estaban allí. Así descubrían que nadie se daba cuenta de que eran ellos. Podían sentarse justo al lado de una mesa llena de personas de su oficina y nadie los descubría. Luego regresaban eufóricos diciendo: “Oh Dios, así es el poder de esconderse a plena vista”.

    Antes de trabajar en el área de disfraces, hacía otras cosas en la CIA. Cuéntenos…

    Comencé como secretaria cuando vivía en el extranjero con mi esposo. Tiempo después regresamos a Washington y él empezó a estudiar en la Universidad George Washington. Es decir, yo trabajaba y él estudiaba. Cuando se graduó, yo ya era secretaria superior de esta oficina de mil personas, pero era muy aburrido.

    ¿Aburrida en la CIA?

    Sí. Podía ver el Castillo de la Institución Smithsonian desde mi oficina, porque quedaba justo atravesando la calle del Departamento de Estado. Un día le dije a mi jefe: ‘Creo que hay trabajo allá, voy a hablar con ellos’, y él dijo: ‘No hagas eso. Yo sé que tú eres una fotógrafa amateur, toma uno de nuestros cursos de fotografía’. Al día siguiente ya estaba en una pista de aterrizaje en algún lugar, subiendo a un avión, con un arnés y una cámara con un lente muy grande. Pasé el día volando en ese avión, tratando de descifrar torres de radar y matrículas de vehículos. Estuve toda la tarde revelando una película en el cuarto oscuro de la agencia con música sonando. Así que dije: ‘OK, me voy a quedar’. Y me quedé muchos años.

    Pasó 27 años siendo espía sin poder decir en qué trabajaba. ¿Cómo manejó eso con sus familiares y amigos?

    Lo que les contaba dependía del lugar en dónde estaba y de lo que creía que ellos ya sabían. Por muchos años tuve una mejor amiga que nunca lo supo, a pesar de que hablábamos a diario. Los vecinos de los lugares donde viví tampoco se enteraron. Les decía que estaba viviendo fuera del país, o que salía de viaje. Cuando estaba en el extranjero decía que trabajaba para el Departamento de Estado. Siempre fue fácil porque por lo general la gente no me presionaba mucho.

    Bueno, a los hombres no les gustaba el bigote. Muchos temían que se cayera en la sopa, lo cual era muy irritante

    El presidente George Bush padre la invitó a la Casa Blanca para que le explicara cómo disfrazaba espías. ¿Qué pasó en esa reunión?

    Fui a la Casa Blanca con Bill Webster, quien en ese entonces era el director de la CIA. Habíamos inventado una nueva máscara que se adaptaba a las expresiones de la persona. Es decir, podían hablar y reírse con naturalidad. Primero le mostré al presidente unas fotos en las que él salía disfrazado, cuando era el director de la CIA (1976-1977). Las máscaras en esa época solo se veían bien de lejos. Y le dije: ‘Este era el disfraz viejo. Yo llevo puesto el nuevo’. Él se levantó de la silla y dijo: ‘No, no, no’, y me examinó por todos lados. Luego me dijo: ‘OK, quítatela’. Me despegué la máscara y la sostuve en el aire para mostrarle.

    ¿Cuál fue la misión más peligrosa que le encomendaron?

    Cuando estaba visitando una base de operaciones de la CIA en el subcontinente indio, que incluye países como India y Pakistán. El jefe de esa base nos informó que se debía reunir con un terrorista peligroso, quien decía tener información sobre un plan para derribar un avión estadounidense. Pero no podía verlo a solas, así que disfracé a siete agentes y nos fuimos al lugar del encuentro para vigilar a nuestro jefe.

    En un momento levanté la mirada y allí estaba el terrorista, mirándome como si me hubiese descubierto. Iba acompañado de dos hombres armados con rifles de asalto AK-47 y pensé que iban a dispararme. Nunca debí haber hecho contacto visual… el terrorista acabó descubriendo a cinco de nosotros, pero la policía local lo arrestó al día siguiente y todos nos fuimos a casa ilesos.

    Denos otro ejemplo de una situación en la que realmente tuvo miedo…

    En Colombia viví una de las experiencias que más miedo me hizo sentir. Estaba en Bogotá por una asignación temporal. Cada mañana me recogían en el hotel en un carro blindado y dos carros con escoltas llenos de armas. Tenía cinco minutos para salir y subirme al carro o sino me dejaban. En una ocasión, iba caminando por la ciudad y vi la oportunidad de acortar camino entre dos edificios y llegar más rápido.

    No debí hacer eso porque cuando bajé por ese callejón había un grupo de hombres hablando en el medio de la calle. Entonces hice la única cosa que pude haber hecho, caminé entre ellos. Me excusé cuando me choqué con uno y seguí caminando. Ese grupo estaba claramente relacionado con el mundo de las drogas. Y no me preocupó que pensaran que era una agente de la CIA, sino que creyeran que era de la DEA. Si hubiera sido de la DEA, o ellos lo hubieran creído, me habrían disparado.

    Usted estuvo casada con un espía legendario en la CIA, Tony Méndez. ¿Qué lo hizo tan famoso?

    Tony Méndez tenía muchísimas historias de rescates y de ayudar a personas a cruzar fronteras. Tenía aventuras increíbles, que superan la realidad. Juntos escribimos un libro llamado Argo, que cuenta cómo Tony rescató a seis diplomáticos estadounidenses durante la revolución iraní de 1979, pues la embajada de Estados Unidos en Teherán había sido invadida por los iraníes. Lo escribimos casi en defensa propia porque sabíamos que estaban haciendo una película sobre eso y por lo general el cine no concuerda del todo con la realidad.

    Tony y Jonna Méndez

    Tony y Jonna Méndez, autores del libro ‘Argo’, durante la gala de los premios Óscar de 2013, en la cual la película homónima basada en su historia obtuvo dos galardones.

    ¿Y qué opina de la película?

    Quedamos muy complacidos. Inicialmente, los derechos para hacer la película habían sido comprados por George Clooney. Él quería protagonizar la película, escribirla y dirigirla. Iba a ser suya, pero luego se quedó estancado en otra grabación, y Ben Affleck adoptó el proyecto e hizo una película fabulosa. Estábamos muy contentos.

    ¿Su esposo fue el que organizó esa fuga?

    Tony era quien estaba en el cuartel general y a quien le encomendaron el caso. Le pidieron averiguar cómo sacarlos. Fue muy difícil, pues no había manera de salir por tierra ni por mar. La única salida era a través del aeropuerto comercial.

    Ahora están publicando un libro llamado ‘Las reglas de Moscú’, cuéntenos de qué se trata…

    El libro habla de cómo los agentes de la CIA operábamos en Moscú, la ciudad más peligrosa del mundo durante la Guerra Fría. La vigilancia por parte del Gobierno soviético era sofocante. Incluso dentro de la embajada estadounidense era difícil saber si nos estaban espiando o no. Así que necesitábamos normas por seguir, porque si cometíamos errores, los espías soviéticos nos detectaban y nos mataban. Esa era su regla de Moscú.

    ¿Cree que ahora los rusos son más fuertes como espías de lo que eran?

    Sí. Alrededor del mundo, la tecnología está alterando lo que solía ser el estándar en el campo del espionaje. Ya no podemos usar las mismas técnicas. Presentarse con una nueva cara o un disfraz no es suficiente, pues ahora se usan identificaciones digitales asociadas a un historial de vida. No se puede inventar una nueva identidad en el momento.

    MOÍSES NAÍM
    Especial para EL TIEMPODesde este jueves EL TIEMPO publicará las mejores entrevistas que Moisés Naím, uno de los intelectuales más influyentes de Hispanoamérica, hace desde Washington para su programa de televisión Efecto Naím.

  • La audaz operación de espionaje de un técnico ruso que entregó material clave a la CIA y ganó una colosal fortuna

    Hacia 1983, Adolf Tolkachev ya llevaba bajo la lengua una píldora venenosa y letal –muerte en segundos– que le entregó la CIA. No le quedaba demasiado tiempo. La situación era cada vez más tensa, sospechosa, y sin certeza alguna.

    La historia se había acelerado…

    Cuánto más claro y más fácil había sido seis años antes, una noche de enero de 1977, en Moscú, cuando se encontró en secreto, en una estación de servicio cercana de la Embajada de los Estados Unidos, con el jefe de la CIA destacado al corazón del Kremlin y sus misterios.

    Un dato no menor: Tolkachev, mucho antes de la misión que emprendería, era un enamorado de los Estados Unidos: «Me gusta todo. Su comida, su bebida, su forma de vida… ¡y hasta sus juguetes!».

    Esa noche, y desde hacía largo tiempo, ese hombre silencioso y de aire melancólico trabajaba en un área hipersensible: Instituto de Investigación Fazotron, Moscú, experto en tecnología de interferencia de radares y sistemas guiados por láser para la fuerza aérea del Soviet. Más que un cargo de la infinita burocracia del régimen…, un polvorín.

    La noche del encuentro en la estación de servicio no cambió palabra con el jefe de la CIA: ambos se estudiaron como midiéndose.

    Por fin, Tolkachev se acercó al auto del hombre de la CIA y dejó un sobre debajo de la escobilla limpiaparabrisas.

    Carta escueta: «Estoy interesado en discutir asuntos estrictamente confidenciales con el funcionario norteamericano apropiado».

    Pero la cuestión no se resolvió en un chasquear de dedos. Recién después de dos años (¡dos años!) de intercambio de notas secretas, la CIA hizo un guiño: «Ok».

    En realidad, una luz verde encendida por el azar: al nacer 1978, el Pentágono envió un memorándum pidiendo la información que Tolkachev juraba tener. Y el moscovita no perdió tiempo. Se acercó, discreto como siempre, a Gardner Hathaway, nuevo jefe de la CIA en Moscú, y a su mujer. Y sin bajar de su auto, les deslizó una nota altamente enigmática: contenía todos los dígitos de su número telefónico…, menos dos. Y escribió a continuación: «Los otros dos serán revelados en cierto día y a cierta hora que indicaré, grabados en dos piezas de madera que tendré en mis manos».

    Así fue. Y Tolkachev protagonizó la más impresionante serie de robos de información sobre aviación militar… ¡de toda la historia rusa!

    No era extraño: su puesto en el Instituto de Investigación Fazotron era un barril de miel al alcance de un oso. Espiando para la CIA en ese estratégico lugar entre 1979 y 1985, hizo llover datos. Tantos, que le dio a Israel ventaja sobre el poderío de los países árabes, dueños de aviones con un 99 por ciento de tecnología soviética.

    Pero muy bien pago. A cuerpo de rey. Más dólares por mes que el presidente de los Estados Unidos…

    Para entonces ya había estrenado su nombre de guerra «Sphere» (Esfera).
    No tardó en entrar en la sombría historia del espionaje, nido de traiciones si los hay, como el Rey Midas del oficio: cobró decenas de millones de dólares. Al final del camino, a valores de hoy, pasó la barrera del billion dollars (mil millones de dólares): un 1 seguido de nueve ceros…

    Pero no memos ahorró El Tío Sam en innovaciones tecnológicas. Según el Departamento de Defensa, el país aprovechó las filtraciones de Tolkachev hasta muy entrado el año 1990, y los sistemas de guía por láser y de radar se adelantaron una década gracias a ese traidor de baja estatura, silencioso, de mirada triste, que vivía en un sencillo departamento de dos dormitorios, noveno piso, con su mujer y su hijo, en la plaza Kúdrinskaia…, apenas a cuatro calles de la actual embajada norteamericana. Cercanía que facilitaba las cosas…

    Pero, además del dinero, ¿qué impulsó a Tolkachev a traicionar a su patria? Hacia 1979, en una carta a las autoridades de su nuevo patrón, confesó que los disidentes Andréi Sájarov, físico nuclear, y Alexandr Solzhenitsin, escritor, historiador y ex prisionero durante años en un Gulag (campos de exterminio creados por Iósif Stalin), y premio Nobel de Literatura 1970 por su libro «Archipiélago Gulag», le habían inspirado sentimientos de rebeldía…, además de su admiración por el país al que decidió servir.

    Otra motivación pudo ser la venganza. El padre y la madre de su esposa judía murieron bajo las purgas del terrible Padrecito…

    ¿Cómo trabajaba «Shpere«? Con simples microcámaras, y a la hora del almuerzo. Tiempo propicio y sin interrupciones para fotografiar cientos de documentos y redactar decenas de informes, silencioso como un ratón…
    Pero hacia 1980 notó que el diáfano cielo se ocultaba tras ominosos nubarrones. Advirtió que lo seguían. Ante el peligro, le pidió a la CIA la píldora de cianuro.

    La comunicación se tornó más difícil. Dependía de que Tolkachev abriera una ventana de su cocina a cierta hora…

    En 1983, Fazotron cambió todas sus normas de seguridad: alto riesgo para operar.

    Convencido de que la KGB lo había descubierto, se refugió en su dacha (casa de campo) y quemó cientos de documentos, y tiró al agua su equipo de espionaje.

    Principio del fin… El 13 de junio de 1985, un oficial de la CIA planeaba reunirse con el espía. Pero en ese instante cayeron sobre ambos doce guardias de la KGB, llevaron a Tolkachev al cuartel general, en Lubianka, revisaron cada rincón de su portafolio y sus bolsillos, y lo liberaron hacia la medianoche…, lo mismo que al hombre de la CIA.

    Pero en 1986, los diarios soviéticos, lacónicos, informaron que Tolkachev «fue ejecutado por alta traición».

    Oleg, el hijo, salió indemne. Hoy es un notorio arquitecto con despacho y estudio en Pokrovka.

    La mujer del espía fue olvidada. Reclamó a la CIA el dinero que aun le debían a su marido, pero no recibió un dólar.

    ¿Quién traicionó al traidor? Al parecer, el oficial de la CIA Edward Lee Howard, borracho compulsivo e incapaz para el trabajo de campo, que lo envidiaba, y aspiraba a ser su contacto en Moscú.

    En 2015, la CIA desclasificó casi mil páginas con los detalles de la saga de espionaje del audaz y millonario Adolf Tolkachev. Material que le sirvió al escritor David Hoffman para escribir «El espía del billón de dólares: una historia verdadera de espionaje y traición en la Guerra Fría«.
    Premio Pulitzer de ese año.