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Recuerdo la primera vez que leí un cuento de Sherlock Holmes. El detective más famoso de todos los tiempos llegó a mí en un libro prestado. En la portada apareció un dibujo de Sherlock con capa, gorra y lupa, un outfit inventado por las adaptaciones cinematográficas. No sé si yo tenía 19 o 20 años, pero descubrí el encanto que ha flechado a millones de lectores desde 1887, cuando se publicó “Estudio en escarlata”. Por alguna extraña razón, que analice más tarde, las historias policiacas me proporcionan un estado de buen ánimo. El estrés se iba cuando empezaba un misterio por resolver. No se trata de evasión. Nunca he entendido la lectura literaria como un escape de la realidad. Pienso que el propósito es el opuesto: aprender algo de la vida o sentirnos acompañados para vivir.
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