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Una cultura de la limosna
Parecerá exagerado manifestarlo, pero la historia reciente de la relación económica entre las instituciones de cultura de Coahuila y sus creadores es una historia de abuso, desintéres y explotación: usos y costumbres que casi emparentan la retribución al trabajo intelectual y artístico como una suerte de dádiva o limosna.
Un ejemplo personal: hace ya más de una década, que ser becario del PECDA me tocó asistir a una ceremonia de entrega de estímulos a los ganadores de aquel año en el Patio Central del Palacio de Gobierno. Luego de los consabidos discursos y la parafernalia, todos los becarios se preguntaban, y ahora sí: ¿Dónde está mi beca? De la manera más desorganizada y provinciana, una secretaría del entonces Icocult atesoraba en su pecho el fajo de talones, corriendo asediada por los becarios que la perseguían como pollitos a una gallina: «la entrega va a ser más allá en el Instituto». Ya estando todos allá: «No, en Palacio de Gobierno». Y así los trajos cruzando la calle de Juárez varias veces. Aquella persona disfruta su transitoria importancia: cómo si les fuera a regalar algo. Como si el dinero fuera de ella, y no el estímulo logrado por el mérito y los proyectos de los artistas, sino como una dádiva. Esa fue la cultura y la relación entre artistas e instituciones durante muchos años. Abismos
Por eso extraña la falta de imaginación y de interés por parte de los administradores de la SEC para resolver de manera expedita la urgente necesidad de los artistas que sostienen hoy su oferta cultural virtual. Es extraño, porque cuando se ha tratado de creadores extranjeros, o cercanos a los funcionarios en turno, como ya se vio en administraciones recientes, con círculos de artistas apapachados, los estímulos, apoyos y pagos fueron generosos y prontos. Vamos, no es ningún secreto, las mil y una formas en que en las administraciones pasadas, algunos de sus mandos medios se aprovecharon de los sobre costos y tratos con proveedores; o en casos más escandalosos, cuando las relaciones personales de sus mandos más altos se convirtieron en jugosos convenios con editoriales importantes, sin que esto supusiera un obvio conflicto de interés: grabemos el caso Porrúa.
O, esto es lo que comenta un músico free lance, el caso de aquel coordinador que pedía a los trabajadores artísticos facturas de hasta 60 mil pesos prestados para que un diputado podría controlar sus gastos de gasolina. La historia de todos esos recuperadores administrativos lo ha evaluado: Cuando se quiere, se puede.
Y finalmente, mientras los verdaderos artistas claman en el desierto: un caso proverbial, el de un ex secretario de cultura, «asesor honorario», cobrando un salario mensual de casi 40 mil pesos por no hacer nada: esto comprobable mediante documentos de la Secretaría de Fiscalización y Rendición de Cuentas, en poder de quien escribe.
Otro matiz de la verdad es obvia: también los artistas tienen la culpa. Por dejados.
Ese es el panorama sobre el evidente desinterés del área administrativa de la Secretaría de Cultura ante la crisis y la contingencia de su comunidad artística.
¿Sería lo mismo si habláramos de Casa República?
¿Cuándo pagará lo justo y puntualmente la Secretaría de Cultura al esfuerzo, la imaginación y el talento de sus artistas?
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Twitter: @ perezcervantes7

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