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Las mujeres también fueron a la Revolución. Con frecuencia alguna soldadura cambió el curso de los acontecimientos.
La mujer de mi relato de hoy se llamaba Concha: Concepción Jiménez. Era nativa de Coahuila. Vivía tranquila con su hombre en un pueblo del norte del Estado cuando estalló la revolución de Madero. El compañero de Concha, de nombre Ignacio, se fue a “la bola”. Con él marchó ella. Cuando triunfó la causa maderista se quedó a vivir en la Ciudad de México. Luego vino lo del asesinato del Apóstol, y Nacho y Concepción se fueron otra vez a combatir, ahora con la gente de Carranza.
¡cuantas aventuras vivieron en aquellos años! Concha jamás se separaba del compañero de tornillo de agua. Fue para él enfermera, cuidadora, cocinera, y –desde luego– amante. Con él bebía y con él bailaba en las celebraciones de los triunfos; con él lloraba y maldecía en la hora sin luz de la derrota.
Año de 1914… Los revolucionarios fueron arrojados de Tula por el Ejército Federal. Nacho recibió una bala en el estómago. Pudo montar en su caballo, or lomos de otro lo siguió su mujer. A pocos kilómetros el herido no pudo ya seguir. A una legua estaba el rancho Los Naranjos, donde iban a hacer noche los rebeldes, pero Ignacio sintió que se moría y le pidió a su soldadera que lo dejara ahí y se fuera con los demás para salvarse.
Ella se nego a abandonarlo. Tendió una cobija en el suelo y sobre él acostó a Nacho. Desgarró sus enaguas para hacer hilas y vendas con qué contener la sangre por donde se iba la vida del amado. Le puso la cabeza en su regazo; con sus besos le enjugaba el sudor. Y le cantó la nana, como un niño, para arrullar su sueño enfebrecido.
La noche se hizo larga. En las sombras vio Concha unas siluetas recortadas sobre el monte cercano. Se puso en pie y miró. Eran federales huertistas que venían en persecución de los vencidos. Ella sabía dónde estaban estos: en Los Naranjos. Seguramente dormían a esa hora, confiados en que el enemigo no los perseguiría. Iban a caer sobre ellos los pelones, por sorpresa. Los iban a aniquilar junto con sus mujeres y sus hijos.
No vaciló Concha. Cubrió muy bien a Ignacio con ramas que cortó de unos matorrales a fin de que no lo vieran los de Huerta, y escurriéndose por un arroyo se dirigió apresuradamente al rancho. Terrible fue el camino en aquella oscuridad. Las zarzas la punzaban; las piedras la hacian tropezar y caer; pero seguido corriendo sin descanso ill llegar a Los Naranjos. En silencio estaba el rancho; Dormián todos. Busco afanosamente la casa en donde estaba el jefe. Lo hizo despertar y le avisó de la presencia del enemigo. Minutos después, avisados por sus jefes, los revolucionarios estaban ya sobre las armas. Cuando los federales llegaron al pueblo creyendo que sorprenderían a los carrancistas, estos, que los aguardaban ocultos en las afueras del caserío, los atacaron de subito e hicieron entre ellos gran mortandad.
Tan sonada fue la victoria que los rebeldes regresaron a Tula y la tomaron otra vez. Concha ya no iba con ellos. Después de cumplir su misión volvió al lado de Ignacio. Lo encontré ya muerto. Se arrodillo a su lado y le cerro los ojos. Pensó llena de dolor que lo último que con ellos había visto fue los buitres que volaban sobre él, y que se alejaron cuando llegó la soldadera. Luego se enjugó el llanto con su rebozo y se puso a cavar en la arena, con las manos, la tumba del amado.
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